¿Qué te trajo a Ecomunidades?
Lo que me trajo al proyecto fue, en primer lugar, la posibilidad real de acceder a algo que de otra manera hubiera sido muy difícil. La relación entre el valor y la cantidad de metros cuadrados era algo prácticamente sin antecedentes para mí. Comprar entre tantas personas permitió acceder a un terreno amplio, a un precio muy bajo comparado con cualquier otra alternativa, y eso hizo que sintiera que era una oportunidad única.
Pero más allá de lo económico, lo que realmente hizo que sintiera que este proyecto era para mí fue todo lo que imaginé que podía construir ahí. Siempre soñé con tener un espacio en contacto con la naturaleza, donde pudiera vivir con más tranquilidad, tener animales, plantar, cultivar, criar gallinas o patos, y poder desarrollar una vida más armónica y simple. También me movilizó mucho la idea de compartir ese entorno con personas que busquen valores similares: cuidado del lugar, respeto por la naturaleza y una vida más conectada con lo esencial.
A su vez, al tratarse de un terreno tan grande, también vi la posibilidad de proyectar a futuro. Pensé en que quizás algún día algún hermano o familiar necesite un lugar donde vivir o construir, y poder decir “tenemos un espacio para hacerlo” me parece algo muy valioso. También imaginé el lugar como un punto de encuentro familiar, un lugar al que podamos ir todos, compartir fines de semana y generar recuerdos.
Y por último, también vi una oportunidad de crecimiento económico o productivo a largo plazo. Ya sea a través de una futura venta parcial, recuperando la inversión, o incluso desarrollando algún emprendimiento turístico, como cabañas o espacios de descanso en contacto con la naturaleza. Sentí que era un proyecto que combinaba sueño, calidad de vida, comunidad y también potencial de crecimiento.
¿Qué hay que cuidar / qué te preocupa que se pierda?
Creo que lo más importante que hay que cuidar del proyecto es su esencia: el contacto con la naturaleza, el respeto por la tierra, los animales y los recursos, y esta idea de volver a una vida más tranquila y conectada con lo natural. Para mí, eso es lo que hace diferente y valioso a este lugar.
También considero fundamental preservar la identidad rural y comunitaria del proyecto, manteniendo un equilibrio entre convivencia, libertad y cuidado del entorno.
Lo que más miedo me da que se pierda es justamente la libertad. Que con el tiempo el proyecto termine transformándose en algo excesivamente estructurado, con expensas impagables o normas demasiado rígidas que hagan que uno se sienta atrapado o condicionado, al punto de que la única salida termine siendo vender.
También me preocupa que existan demasiadas limitaciones respecto a cómo habitar el espacio a futuro. En mi caso, uno de mis sueños es que el día de mañana quizás más integrantes de mi familia puedan vivir conmigo dentro del lote o desarrollar proyectos de vida allí, y me gustaría que exista cierta flexibilidad para que eso pueda suceder sin perder la esencia original del lugar.
Forma del proyecto: dudas, reservas y comentarios
No me sentiría cómoda con la idea de que el proyecto termine convirtiéndose en un barrio abierto tradicional. Siento que eso iría bastante en contra de lo que me llevó a elegir este lugar. Para mí, gran parte del valor del proyecto está justamente en la idea de comunidad: vivir rodeada de personas con las que compartimos ciertos valores, una búsqueda de tranquilidad, de conexión con la naturaleza y de otra forma de habitar.
Creo que en un barrio abierto se perderían muchas de esas cosas. Se lotearía sin demasiada identidad común, podrían aparecer edificios o desarrollos que no tengan relación con el espíritu original, ingresar personas completamente ajenas al proyecto y, además, desaparecerían muchos espacios de uso común. Siento que terminaría siendo “más de lo mismo”, algo mucho más parecido a la vida urbana tradicional que justamente muchos buscamos dejar atrás o transformar.
Sí estoy abierta a la posibilidad de un barrio cerrado, pero no desde la lógica de un country tradicional. Me preocupa mucho que eso derive en expensas excesivas, normas rígidas o limitaciones que vayan en contra de la esencia del proyecto, como prohibiciones respecto a animales, producción para autoconsumo o el uso libre y natural de los espacios comunes. Mi idea no es vivir en un lugar artificial o extremadamente reglamentado, sino en una comunidad organizada pero flexible, donde se priorice el cuidado de los recursos, el respeto por la tierra y una convivencia sana.
Me parece importante que, si existiera un reglamento, esté orientado a preservar ciertos principios: el cuidado del agua, de la energía, de la tierra, el manejo responsable de residuos y la preservación de una identidad agroecológica y comunitaria. También me parecería razonable establecer límites mínimos de subdivisión para evitar una densificación excesiva, por ejemplo evitando lotes demasiado pequeños.
Respecto a los artículos 33 y 34, la propuesta me interesa y siento que probablemente se acerque bastante a lo que muchas personas imaginamos para este proyecto. Me gusta que permita pensar en modelos más integrados entre vivienda, producción y comunidad. También valoro que pueda dar cierta flexibilidad a futuro, porque la realidad es que las familias crecen, cambian y evolucionan. En mi caso, me gustaría que el espacio pudiera eventualmente incluir a hermanos, familiares o incluso pequeños proyectos vinculados al turismo o a la vida comunitaria, como cabañas o espacios de descanso.
Mi principal preocupación con esta opción tiene que ver con la densidad permitida y las limitaciones futuras. La diferencia entre permitir muy pocas personas por hectárea o permitir una mayor flexibilidad cambia completamente el escenario. Me preocupa que una regulación demasiado restrictiva limite el crecimiento natural de las familias o incluso proyectos futuros dentro del mismo terreno.
También me genera dudas la obligatoriedad de sostener permanentemente una producción agroecológica asociada. Hoy me interesa muchísimo producir para autoconsumo, plantar, criar animales y vivir de una manera más conectada con la tierra. Pero no sé cómo voy a pensar dentro de 20 o 30 años, y me preocupa que existan exigencias demasiado rígidas que condicionen la libertad futura de cada familia.
Creo que el gran desafío es encontrar un equilibrio: preservar la esencia comunitaria, natural y agroecológica del proyecto, pero al mismo tiempo permitir que las personas y las familias puedan crecer, adaptarse y proyectarse a largo plazo sin sentirse limitadas.
En resumen:
No elegiría un barrio abierto.
No me molestaria un barrio cerrado con un reglamento claro y expensas normales.
Me inclino más por la idea de un condominio rural siempre que no tenga que estar produciendo de por vida al punto que sea una carga y la condición fundamental para mi sería que si lo llegara a necesitar toda mi familia pueda ir a vivir al campo.
Gracias por el tiempo, trabajo, amor y energia que estan dedicando para que todos nos veamos identificados! Lo veo, lo valoro y lo agradezco... son grandes!!